A lo largo de mi vida he padecido distintos tipos de lesiones en mi cuerpo, algunas de ellas afectaron directamente a partes de mi aparato locomotor (pie, rodilla o cadera) y también otras de mayor gravedad ubicadas en la columna vertebral, concretamente en la zona lumbar. Todas ellas me obligaron a guardar reposo por largo tiempo y a adaptarme a la situación en la que me encontraba en ese momento.

Ésta no es una situación desconocida para la mayoría de las personas, casi todo el mundo hemos pasado por alguna etapa de convalecencia en nuestras vidas. A causa de algún golpe o caída nos lesionamos y, de repente, nos encontramos en una situación de incapacidad temporal para poder desplazarnos o valernos por nuestros propios medios, precisando, así, de ayuda externa para afrontar nuestro día a día.

En un momento pasamos de tener la capacidad de hacer, la que llamamos AUTONOMÍA, a no poder hacerlo. Por ejemplo: no poder andar, estar de pie, coger un objeto con nuestra mano hábil, vestirnos, cocinar…y así podríamos hacer una larga lista de acciones cotidianas a las que nos vemos obligados a renunciar a causa de la lesión. También puede tratarse de una lesión más grave que nos obligue a guardar un largo periodo de inmovilidad, incluso tener que estar acostados.

Es en esos momentos cuando te das cuenta del verdadero valor de la Autonomía, una capacidad que la mayoría de nosotras tenemos, ya que la hemos ido aprendiendo y desarrollando como seres humanos para movernos en libertad y realizar nuestras actividades cotidianas.

Para llegar a ese estado de Autonomía, los seres humanos nos hemos enfrentado, desde el día en el que nacemos, a diferentes tipos de retos para ir desarrollando la capacidad de ser autosuficientes. Nacemos con una maquinaria biológica sumamente compleja y por qué no decirlo, casi perfecta.

Nuestro sistema nervioso es una red que conecta nuestro cerebro al resto del cuerpo para funcionar con la máxima eficiencia. Desde el momento de nuestro nacimiento ya tenemos las conexiones neuronales que aseguran nuestra supervivencia. Estas funciones básicas e indispensables para que exista la vida son involuntarias, la mayoría de ellas ya están configuradas desde el estado embrionario.

Todos nuestros órganos vitales empiezan a interconectarse entre sí, con nuestros sentidos y con el mundo que nos rodea.

A partir de ese primer periodo, empieza una etapa en la cual el desarrollo motor ocupa la mayor parte de nuestro tiempo, de modo que vamos adquiriendo nuestras capacidades motrices, como mover ojos, pies, manos… Con ese constante movimiento nuestro sistema nervioso empieza a conectar y coordinar entre sí a las partes de nuestro cuerpo que nos permiten explorar el espacio que nos rodea e ir adquiriendo cada vez más autonomía como seres humanos.

A lo largo de nuestra infancia, en esa constante exploración a través del movimiento, vamos uniendo funciones básicas entre sí como rodar, gatear, enderezarnos, coger objetos, etc para pasar a otras que precisan de ese aprendizaje previo para ir madurando nuestro sistema nervioso y, de ese modo, poder realizar movimientos más complejos como ponerse de pie, caminar, saltar, etc.

Somos, con diferencia, la especie en el reino animal que más tiempo necesita para esa etapa de aprendizaje, 4 o 5 años por norma general para tener una motricidad completa y hasta los 12 años aproximadamente para poder desarrollar su propia autonomía e independencia como individuo.

Todo ese largo periodo de tiempo, necesario para aprender cómo movernos y cómo hacerlo de forma más eficiente, nos ha ido dotando, como especie, de una capacidad cerebral cada vez mayor. Con todo esto, hemos sido capaces de desarrollar un lenguaje de sonidos y escrito, fabricar herramientas, construir ciudades, etc.

Al tener que depender del grupo, clan, tribu, durante el periodo de desarrollo del ser humano, nos hace tener mucha desventaja en cuanto a la supervivencia en esa primera etapa. No obstante, esa gran capacidad de desarrollo neuro-motriz nos ha llevado hasta los movimientos más refinados, colocándonos como especie dominante en el planeta Tierra.

El Ser Humano se ha desarrollado desde hace miles de años en un entorno natural, un mundo salvaje al cual tuvo que ir adaptándose para poder sobrevivir. Para poder desplazarnos, huir de los depredadores o buscar alimentos necesitábamos el MOVIMIENTO.

Después de días o semanas intentando cazar una presa o yendo en busca de ese lugar con abundantes raíces o frutos que comer, nuestro gasto energético se reducía drásticamente. Cuando, por fin, conseguíamos los alimentos, pasábamos periodos de varios días en total reposo y descanso hasta que se agotaran los recursos que habíamos conseguido. Eran pequeños periodos de sedentarismo en los cuales se recuperaba y nutría de nuevo nuestro organismo. Este sedentarismo era necesario para recuperarse y para prevenir una falta de energía ante la incertidumbre de saber cuándo sería nuestra siguiente comida. En este momento era cuando se activaba nuestro circuito neuronal del ”modo ahorro energético”.

En aquellos tiempos en los que todos nuestros sentidos se mantenían totalmente frescos, activos y siempre preparados para una acción continua que aquella época demandaba, una buena condición física era primordial y una cuestión de supervivencia para poder superar los constantes retos que se nos planteaban.

La vida en movimiento ha sido siempre una necesidad y por tanto, una obligación para nosotros por eso, es realmente necesaria para mantenernos saludables y en buen funcionamiento, lo que solemos decir “estar en forma”. Fuimos creados para mantenernos físicamente activos y así conseguir desarrollarnos como individuos independientes dentro del clan familiar y seguir evolucionando como especie.

Tras esta 1ª etapa de desarrollo como seres nómadas y gracias a la constante mejora en nuestra capacidad cerebral, fuimos haciéndonos más conscientes como seres vivos y pasamos a esa otra etapa en la que cómo grupos empezamos a asentarnos y establecernos en un lugar de forma permanente. Con el fuego, las herramientas y muchos otros elementos, acabamos por crear comunidades estables, y de ahí pueblos, ciudades y aquí comienza la era del SEDENTARISMO.

Desde ese momento hasta la actualidad, nuestras vidas giran en torno a las ciudades y pueblos, siendo durante muchos años la agricultura y ganadería nuestra principal fuente de alimentación. Ya no dependemos tanto del MOVIMIENTO, no tenemos que cazar o desplazarnos constantemente para encontrar los alimentos. Evidentemente, aunque perdimos gran parte de nuestro movimiento, como seguíamos fuertemente ligados al medio natural y todo dependía de un trabajo físico, continuamos estando activos y en forma.

Todo esto empezó a cambiar ante los nuevos descubrimientos que el ser humano llevó a cabo hace alrededor de unos 250 años. La creación de la luz artificial nos permitió ampliar nuestras actividades a horarios nocturnos y eso incluía al horario laboral.

La Revolución Industrial pudo llevarse a cabo gracias a la creación de grandes máquinas aumentando así, la producción de manera exponencial. Con ello aumentó la necesidad de trabajadores en las fábricas, situadas la mayor parte de ellas en las ciudades. La gente que vivía en el medio rural fue abandonando de manera gradual los pueblos y el trabajo de campo para emigrar a las ciudades y aprovechar las oportunidades que ofrecía la vida urbana. Aunque seguíamos teniendo la obligación de trabajar duro físicamente, en este nuevo contexto lo hacíamos con movimientos más repetitivos y limitados menos espontáneos y por supuesto mucho más lejos de la naturaleza y la luz del sol.

En la actualidad, seguimos el modelo de vida-trabajo que se fue fraguando durante la Revolución Industrial, pero además sumándole, a todo ello, la revolución tecnológica. Estar interconectados con cualquier parte del mundo a través de internet nos permite ampliar nuestros conocimientos de manera infinita. Gracias a la tecnología también estamos avanzando mucho como sociedad, hasta lugares inimaginables. Todos estos avances tecnológicos están cambiando nuestros hábitos como humanos por completo.

Cada vez pasamos más tiempo parados delante de todo tipo de pantallas, para trabajo, ocio, gestiones diarias, estudios… Esto nos lleva a pasar el triple de tiempo delante de una pantalla con luz artificial que hace 20 años, cuando empezó a introducirse internet de forma general en nuestras casas. Y esto, es evidente, va a ir en aumento.

Muchos de los problemas de salud que padecemos, van íntimamente ligados al actual fenómeno que podemos llamar: “Sedentarismo Crónico”, el nuevo estilo de vida que hemos adoptado en la era tecnológica. Pasamos, habitualmente cada día, 8h en la oficina, entre 4 y 6h recibiendo una cantidad infinita de información delante de nuestros ojos, enfrente de pantallas de luz artificial. Toda esta rutina diaria la solemos hacer sentados en sillas, sofás o tumbados en la cama. Al estar cada vez más quietos, estamos empezando a aumentar la cantidad de problemas relacionados con el movimiento y las funciones para las que nuestro cuerpo ha sido creado. Tenemos una funciones fisiológicas muy estimuladas y muchas otras esperando a ser estimuladas desde el aprendizaje neuromotor. Podríamos decir que desde nuestros inicios como especie, nuestro sistema nervioso se ha estado refinando constantemente a través del movimiento y por eso hemos conseguido crear en muchas de las sociedades actuales, el Estado del Bienestar.

Necesitamos cada vez más de la exploración del movimiento consciente, y sólo obtendremos sus beneficios si empezamos, al igual que hicieron nuestros antepasados, a salir de nuestra zona de confort. Ellos lo hicieron por necesidad, nosotros para volver a un paradigma que nos permita reconectar de nuevo con nuestro cuerpo, con su movimiento, con la esencia más profunda de aquello que somos y para la cual fuimos creados.

Solo si verdaderamente hacemos frente al Sedentarismo Crónico conseguiremos encontrar de nuevo la vitalidad de la que los seres humanos siempre hemos gozado.

Mantener y aumentar nuestro estado de salud depende de nosotras mismas, tenemos que responsabilizarnos de los cuidados que nuestro cuerpo necesita para estar preparados para la vida y poder disfrutarla en óptimas condiciones, hasta el final de nuestros días.

El movimiento no tiene edad, es lo que somos, solo te haces viejo cuando dejas de moverte”

Por eso, en Corporalment te acompañamos en ese aprendizaje neuro-motriz; ese redescubrimiento del cuerpo, en conocer y valorar tus capacidades y estimularlas para continuar con una funcionalidad que nos da calidad de vida. Por eso, en Corporalment decimos que la salud está en tus manos, pero tienes a nuestro equipo dispuesto a ayudarte a encontrarla.

Alberto Esteve

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